6 de julio de 2020

Raices Humanas

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Amaro Diaz

Segunda carta a Rubén

Te dije que me dejaras en este lugar, que fueras a dar una vuelta y cuando volvieras yo ya habría mirado las estrellas que allá en Santiago no hay. Santiago es un maldito inocente.

Carretera espacial, a un lado pendiente estaba la tierra de Nahuelbuta y por el otro un bosque de pinos, total oscuro.

Al final había una curva y desapareciste arriba del auto agarrando prestado piedras y pedazos de tierra, en buena, a la cordillera de Nahuelbuta.

Estereo total, estábamos volados y queríamos ver.

El cielo parecía de color petróleo y acababa de llegar la luz de las estrellas.

Yo viajé quinientos kilómetros hacia este lugar. Ellas, años luz.

Es como en las tardes donde comíamos asados acá en nuestro barrio y mirábamos a las chicas bonitas como viudos, la  diferencia es que ahora somos dos antiguos.

Recuerdas Rubén cuando estábamos borrachos preguntando a los faroles por nuestra muerte?

Y cuando casi matamos a esos chicos de polera negra?

Ahora ya no importa mucho nada porque estamos en la cordillera de Nahuelbuta y las estrellas apuntan hacia nosotros, hacia el futuro. Hacia donde los sueños son mierda y las calles cantan en un despertar de piedra color magenta.

Volví a escribir Rubén. Gracias a la mierda de la vida o gracias a la vida mía que es una mierda o a como veo las canciones de la vida o gracias a la vida que como dice la Violeta no es verdad sino de mentira, como los ojos de la gente que a cada rato se dislocan y no sé Rubén pero volví a escribir como cuando tu eras mago y yo poeta.

Como cuando esta noche te he dicho que me dejes en esta cordillera de Nahuelbuta oscura y bella antes de la vuelta a las cuatro de la mañana borracho. En esta que nos ha visto crecer y morir en nuestro vecindario pueblo de techos negros donde ya no se nada hermanito lindo por culpa de mis amores de mierda.

Puente acecino el colgante, la cancha vieja del Julio Duran, el fuerte de los españoles quinientos de mierda. Y la casa de los que me trajeron cuando llegamos a comer pan con tomate y queso y algodón y nostalgia y cenizas y el viejo Zarko no supo si era sueño o de verdad éramos los mismos de siempre, retrocedidos y un poco nostálgicos.

Tiempo de Dioses manito lindo, a esos que cantábamos en medio de la luna vacía y comíamos mariscos en la fiesta y la fiesta en mi departamento santuario antiguo era la borrachera que no todos entienden y han tenido que pasar años para que los que leen ahora puedan casi entender y no entender lo que pasó por ahí por los años de nuestra fiesta donde la magia y tantos fueron el testigo soñador.

Carta para Artigas

Es que no puedo sacármela de adentro mano, es una maldición esto de mi destino.

La hago aparecer en cada momento de espejos y cuando puedo no tenerla la busco, la espero sucio, mano.

He dejado de lado mis sueños de años un par de días y comienzo a pensar en normal.

Hoy mi cuerpo está como siempre quise, barbón y con pensamientos olor a tierra.

Borracho, desde cuando aprendí a escribir.

Y es que no puedo sacármela de a dentro manito, no quiero.

Invento historias de seres que me acompañan inexistentes, invento nombres de mujeres extrañas, pobre de mí también.

Lo único que alcanza a llamar mi atención ahora son algunas lecturas del poeta amigo Artigas.

Que donde estoy, que donde pertenezco pregunta mi sueño y las respuestas que me dan los dioses nadie cree, aunque estén a mi lado mirando, no los ven.

Norte, sur, centro, lejos de la gente, porque no me gusta como miran, sin piedad.

Y no pude toda la noche sacármela de adentro manito.

Raúl Pescador dice que eso de la tristeza solo cabe en el alma de los viejos como él y le digo que no es cierto.

La otra noche la he soñado, he mirado horas su carita reflejada de luna bella en la almohada frente a mí voz profunda y he tenido tantas ganas de besarla, pero no me he atrevido para no despertarla.

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