Rene

Mascaraverdadera

Cuando no quieras ya más un instante, cuando todo haya sido casual, consumido eternamente, en todo, y abrazándome suavemente a tus ojos, al cielo verde azulado, la silueta de mar con que intenté tantas veces comprarte, ¿recuerdas?; el amor con que te puse a prueba.

Soñé con un tiempo infinito, una tierra sin final, una planicie desolada y su amor nunca dejaba de estar en la memoria de los niños y de los pájaros, esos que se parecen a tus manos, mezclando la sal y el agua. Los pájaros niños sin embargo desconocen una mezcla de sol y temor, una mirada en el horizonte del mar, una llamada desde el centro, relampagueante, majestuoso como una flor.

El horizonte de nuestro deseo, cual un mundo sobre otro mundo, en que es posible hacer hasta sueños la realidad. ¿Te imaginas como será la vida? Y todo el equilibrio y todas las diademas, y todos los ángulos de tus ojos; de morir como cuando no sabia las cosas, como ahora, sin embargo, desnudo y abrazado por la dulzura, de tu sombra múltiple.

Por que no en vano has soñado tantas noches los inmensos campos de la memoria, en ese cielo donde infinitos caballos vuelan a contraluz, ingrávidos y translucidos, como semillas flotantes, lentos y pesados cuales barcos en medio del océano, como cuando tienes un hijo y no sabes que nombre ponerle.

Yo te llamo entonces, alma de las almas, forma del viento, espada de tres filos; mi piel, es el reflejo de los barcos, tus senos, tu estrella pequeña, tu puerta ardiendo, la dulzura de tu roce, el invierno soleado y tu verdadera máscara, que mas amo.

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Yo quisiera haber venido también desde aquella frontera
pienso, siento que en mis pies hay algo como el recuerdo de ese
movimiento, me parece de verdad que alguna vez hubiera
estado en ese lugar.

Como decir que uno sostiene también esos recuerdos
recurrentes. Cuando miro hacia allá en el tiempo algo escapa
de esta soledad, ríos se abren en medio de los ojos, el sol es algo
que vive dentro y nada, todo se sumerge en un permanente
estar allì, en sí, junto.

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A veces parece que detrás de aquellos
Árboles que se ven allá al fondo estuviera el
Mar, es como si fuera a aparecerse
Repentinamente entre el oscuro verdor su
Celeste que nunca se me ha ido; da la
Impresión de que detrás de aquellas luces
inteligentes estuviesen nuestros mismos ojos
ciegos esperándose y recreándose constante y
tímidamente como lo harían casi dos panteras
amarillas que se buscaran y huyeran, en la
noche de tu selva amantísima.

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Será que hemos buscado tantas veces y coincidentemente el mismo objeto entre los desiertos de la vida y que cuando llegamos finalmente y con algo parecido al desconcierto y al anhelo, finalmente a decirnos los nombres en el cuarto designado a tal efecto. Cuando por fin vemos sobre nuestras cabezas desplegarse cuales arco iris vivientes los rayos partidos en innumerables colores nunca antes vistos por los cristales sostenidos en lo alto, ya somos concientes de que sabemos de lo que se trata, y ya no resulta necesario decírnoslo y hasta resulta ser un estorbo casi para la realización de nuestras autenticas intenciones y callamos; si callamos, ahora intencionalmente, callamos lo que decimos.

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SAKUNTALA

Lejanas entre si lanza el viento del destino las semillas de un mismo árbol

Unidos nacen los que son dispersados para prueba de su temple y fidelidad

Como gotas de una misma lluvia perdida en el cielo se estremecen cayendo

Cada cual sabiendo que en su carencia se constituye al tiempo su grandeza

Uniendo la noche con el día, el sentimiento con la mente y presintiendo que

Más temprano que tarde será lograda la empresa, razón de vivir, plenitud.

Abiertos los ojos de par en par a la contemplación de lo sin tiempo ni lugar.

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EL PERFUME DE UNA ROSA BLANCA

Siento ganas de gritar
Y nace el grito desde tu garganta.

Siento necesidad del beso
Y los labios se humedecen y tiemblan imperceptiblemente.

Deseo ardientemente ser
Y tu alma me libera como el prisionero de las aguas.

La penumbra se adueña de mi casa y de la mesa
El papel se destaca blanco algo azulado veo mis manos
Como dos hermanas en las ramas de un árbol.

Abrazando al abismo cercano es como si pensara construir una casa
En el centro de la montaña de ojos y como si sólo usara veinte palabras
Para ir de fin a los sueños que me dijiste no serían tales.

No sólo vivimos de nuestras propias esperanzas sino que también.

René Caro.