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Al comenzar a recopilar información para el estudio que iniciamos, tuvimos que hacer una distinción ideológica. Si bien los chilenos somos descendientes de mapuches, hay que entender la diferencia entre lo que es una raza, elemento genético, y una cultura, que es una formación valórica e intelectual. Nosotros los habitantes de este territorio al que llamamos país estamos educados según los parámetros de lo que hoy se conoce como cultura occidental, un pastiche proveniente de Europa, mezcla de la antigüedad greco-romana, con elementos de pueblos bárbaros del norte del continente y creencias religiosas de origen judeo-cristiano. De hecho, casi todos los relatos que recibimos en la educación escolar que intentan explicar la historia del continente americano, se inician con “la llegada de los españoles”. Me pregunto como llamarían a este lado del mundo nuestros antepasados originarios de estas tierras. Pero eso da para hacer otra investigación. El punto de interés aquí es que, al analizar los elementos de la cultura mapuche, la interpretación que hace un occidental de esta puede conducir al error, debido a esta diferencia en la formación ideológica.

Para empezar sería bueno nombrar algunas diferencias entre la forma de vida de los occidentales, los chilenos enseñados a la europea, y de los antiguos mapuches. Algo muy básico es el emplazamiento, en cuanto a ubicación espacial: en la básica se nos enseña a buscar el norte como punto de referencia, y a partir de este punto cardinal observar el mundo. Las brújulas siempre llevan marcado el norte, y cuando se piensa en geografía, se mira siguiendo un eje norte-sur. Los mapuches, en cambio, siempre han mirado al oriente para emplazarse en el espacio, al lugar desde donde sale el sol. Su mapa mental está configurado a partir de un eje este-oeste. De allí surgen las principales dificultades con las que se topan los historiadores al tratar de definir el territorio que habitaban los mapuches históricamente. Las casas están orientadas al Este, y los muertos son enterrados con los pies colocados hacia el mismo punto cardinal.

Continuando con el emplazamiento espacial, encontramos otra diferencia importante entre mapuches y occidentales. Los chilenos vivimos en ciudades, no podemos concebir la vida sin una referencia urbana. Las ciudades son paisajes artificiales creados por las personas, que se superponen al medio geográfico. Esto se relaciona con la creencia de que el ser humano es dueño de la Tierra, y debe transformarla para su mayor comodidad, lo que podría tener su base en las creencias judeo-cristianas, que hablan de un génesis en el que Dios entrega su creación al hombre para que la domine. El Mapuche no construye ciudades, nunca las ha necesitado si quiera, porque se siente parte de la naturaleza, no es superior a ella. Existe un fuerte principio moral que obliga al hombre a devolver lo que utilizó de la misma forma en que lo recibió para beneficio de sus descendientes. Además se vive en comunidad con lo natural, desde las rocas hasta los seres vivientes. Existe una intención orientada a la comunicación con las fuerzas naturales que nos rodean, se considera al resto de la creación como parte de la vida de un ser humano y vice-versa, sin esa negación de lo natural a la que somos propensos los occidentales. Además existe un conocimiento profundo y directo de los vegetales y de su uso alimenticio y medicinal, la farmacia es el mismo bosque.

Entonces, ¿Cómo se organiza un pueblo que no tiene ciudades? Bueno, de la forma más natural, en base a la familia. Pero esto da para un nuevo artículo, que esperamos publicar más adelante.

 

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