Canta y encanta Rosamel del Valle. Lo Órfico de su poesía.

“He aquí una fuente para dormir, una claridad sin abrirse,

Sola en el tallo del sueño.
Bienvenido, viajero devorado que te asomas
Ciego desde el agua a la tierra.
Todo se vería pasar por un puente de vidrio
Sin la oveja de la sangre, abatida de calor”.
Definida desde nacimiento su condición de Ser, como la de un habitante de lo que aparentemente fuesen dos mundos diferentes y confrontacionales, Orfeo, hijo de Eagro, rey de los Tracios y de la musa Calliope (que significa dulce voz); siendo humano es sin embargo capaz de conocer el misterio de la palabra y de la música, el misterio de la poesía.

Caminando una vez en medio del bosque, en un claro, Orfeo tañe su lira y al momento como poseídos de una vida no común, se ve a los árboles retirando sus raíces del suelo, moverse hasta llegar a hacer compañía al poeta, del mismo modo que hacen las piedras, quienes abandonando su natural inmovilidad, impulsadas por la melodía y la palabra, acuden a sumarse a la sin igual sinfonía.

Las fieras se apaciguan y se calma el bramido del mar, todo vibra así cuando Orfeo esparce su magia sonora y aún el sufrimiento no tiene ya el mismo significado.
“Entre la sombra de pupilas fosforescentes
Y la ventana por donde la noche acaba de salir.
Día rodeado de olvido en descenso por cordeles de aire
Y que sale de lo nuestro apagado en un fondo azul.
De lo nuestro que huye a lo lejos y lo más cerca de la sangre”.
El lenguaje poético y musical órfico, pretende rescatar a semejanza del actuar del Orfeo mítico, el entendimiento de que habitamos en un Universo Mágico, poblado por desconocidas y misteriosas formas y en el cual se puede caminar de un modo armonioso, como un hechicero, inmerso verdaderamente en el devenir y aplicando las mismísimas reglas de la naturaleza para conducirla y para conducirse.
“Con la garganta llena de raíces.
Día de abismo en el costado semidespierto sin llaves,
Prisionero de los pasos que regresan de súbito.
Una gran atmósfera nos sigue aproximándose y aproximándonos.
Una atmósfera de palomas muertas en lejano oído.
Hierbas del agua y maderas del cielo, pájaros submarinos y hojas de la tierra
En el día que viene con dificultad y apagándolo todo”.
Esta acción poética contiene una condición de realidad intrínseca, de experiencia y de participación en ella, y no se conforma con ser un simple medio de transmisión de ideas, de conceptos o definiciones.
Nada puede sustraerse de este modo a la sonoridad mágica de la palabra, al particular modo de vibración que conlleva. Concepto este del lenguaje, como modo de búsqueda y de exploración del inconciente, vientre materno, océano comprensivo, bastante alejado del comúnmente conocido.
“¿A qué llamado obedeces, luz encadenada a las patas de los pájaros?
Pereces en la negrura animada y transparente de tu espada cuando duermes
Y cuando se abren los acuarios del sueño y los peces salen de paseo
Y cuando tienden el oído los jardines y danzan desnudas sus estrellas de vidrio
Y cuando la electricidad de los bosques corre azul de copa en copa en lo alto
Y cuando el cielo desciende por largas escalas de humo.”
Rosamel nos propone lo que podríamos interpretar como verdaderas visiones, o imágenes provenientes de un sueño perfectamente posible, no correspondientes con exactitud a un discurso lógico racional, pero si mostrativas de un universo que tiene una contextura de indiscutible realidad, siendo el suyo de esta forma un lenguaje fanopoiético.
Aún teniendo relación con los surrealistas y siendo parte de las vanguardias, es tal la particularidad de su obra, que no resulta realmente un elemento adecuado de encasillar en escuela alguna. El lenguaje de Rosamel actúa a más de un nivel simultáneamente y no es descartable su silenciosa entrada en el subconsciente.
“Y cuando el viento hincha su tallo de ojos amarillos
Y cuando el agua despierta a las raíces prontamente vestidas de tierra cálida
Y cuando los arroyos desatan sus trenzas de palomas en línea
Y cuando el eco pregunta quién llama al borde de su espejo
Y cuando los nidos cimbran huevos y alas entre el aire que los visita
Y cuando las lámparas sonámbulas recogen la sangre de las estrellas que se corren”.

René Caro